Las niñas estaban en la casa de mis vecinos jugando. Hoy quería lograr que se durmieran más temprano porque llevan días durmiendo poco y las noto cansadas, por lo que organicé todo para poder hacerlo, y hacerlo con calma, sin presionarlas.

Las fui a buscar para que volvieran a la casa. Llegué donde mis vecinos y estaban conversando de algo íntimo mientras se tomaban una copa de vino, me invitaron, pero no me sentí cómoda y preferí seguir con mi plan de llevar a las niñas a la cama temprano.

Julia en general está más dispuesta a colaborar en esto de volver a la casa. A la María le cuesta un montón porque le encanta jugar con las amigas.

Yo: María, vamos a la casa. Ya tengo preparada la comida.

María: No me voy y no me voy. ¡Quiero comer aquí!

Yo: María, te hice las papitas doradas como a ti te gusta, bien crujientes.

María: No me quiero ir.

Yo: mi amor, está todo listo en la casa para que vayamos a comer allá. ¿Quieres que te lleve en brazos?

María: No me quiero ir, quédate tu aquí.

Yo: no me quiero quedar, quiero irme a la casa.

María: No me voy a ir.

Yo: Yo me quiero ir, ¿te parece que me vaya ahora a la casa a comer y tú te vas solita cuando ya estés lista de jugar?

María: Noooooooo, quiero que te quedes. No me quiero ir nuncaaaaaaa.

Y empezó a gritar. Y yo me empecé a sentir cada vez más incómoda porque los gritos estaban interrumpiendo la conversación y poniendo incómodas a las otras niñas. Me empecé a acelerar y a forcejear con la María para tomarla en brazos.

María: ¡¡¡¡No quiero y no quiero!!!!

Yo: María, porfa vamos, me quiero ir y no quiero volver a buscarte. ¿Te parece que mañana vengas super temprano a jugar con las niñas? Te gusta mucho jugar con ellas y estar aquí.

En ese momento aproveché una pausa de María, que empezó a ponerme atención y se dejó tomar en brazos mientras le hablaba.

La llevé a la puerta y al momento de bajarla para ponerle las botas se puso a gritar y a moverse con fuerza. Como me di cuenta de que si la bajaba al suelo saldría corriendo, tomé sus botas y salí con ella en brazos. Julia vino con nosotras.

Llovía fuerte. Crucé la distancia que separa nuestras casas con la María forcejeando en mis brazos. Llegué a la casa y la puse en el suelo y me empezó a pegar, gritar, morder. Logré estar ahí, acompañándola, esquivando los golpes y diciéndole que no quería que me pegara. En un momento le sugerí que fuéramos a su pieza las dos juntas a pegarle a su cama. Fuimos y empezó a tirar toooodos sus juguetes al suelo, a tirarme los autos, camiones, puzles y hasta una silla. Nuevamente pude estar ahí, sin reaccionar sólo esquivando los juguetes. Repartió por toda su pieza la ropa de sus muñecas. Y gritaba, furiosa. Hasta ese momento no quise intentar hablarle de lo que le estaba pasando, sólo esperé y la acompañé.

Luego de que pudo descargar lo más fuerte de su rabia empecé a hablarle.

Yo: ¿Estás furiosa?

María: Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

Yo: Sí, lo veo. ¿Estás realmente furiosa conmigo? ¡Tanto que me quieres pegar!

En ese momento me pidió que prendiera la luz de mi pieza. Sospeché que quería seguir tirando las cosas de mi pieza ahora.

Yo: ¿Quieres que te prenda la luz de mi pieza para que pueda ir a tirar todas las cosas de mi pieza también?

María: Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

Yo: Oh no! Es que no quiero que dejes todo desordenado en mi pieza también!

María: Préndelaaaaaaaaaaaaaaa

Yo: ¿Vas a tirar todo?

María: No voy a tirar todo.

Prendí la luz y se puso a tirar todos los libros que estaban en mi velador. Apagué la luz. No tenía capacidad para tolerar más caos, ya llevábamos más de 40 minutos en esta situación, me empecé a sentir enojada y con ganas de pararla de un grito y sacarla a la lluvia. Pude contenerme y elegir la conexión.

Yo: ¡¡¡¡Realmente estás furiosa conmigo!!!

María: Siiiiiiii

Yo: ¡¡¿Y quieres hacerme mucho daño??!

María: Siiiiiiiiiiiii, quiero que te pegues en el cemento.

Yo: ¿Quieres que me pegue en el cemento? ¿Quieres que me caiga del techo al cemento y que me haga mucho daño??

María: Siiiiiii, quiero que te cortes con un cuchillo.

Yo: ¿Quieres que me corte entera con un cuchillo? ¿Eso? ¿Tanto daño quieres hacerme??

María: Siiiiiiiiiiii.

Yo: Oh, parece que tenías demasiadas ganas de quedarte donde tus amigas.

María: Siiii.

Yo: Y ¿tenías muchas ganas de decidir tu cuándo te venías a la casa?

María: Siiii, yo quería decir eso.

Yo: ¿Y te pusiste furiosa porque yo te traje en brazos?

María: Siiiiii.

Yo: Mmmm. Ya veo. Y ¿te hubiera gustado que yo te hubiera escuchado y te hubiera dado más tiempo para poder hacerlo por ti misma?

María: ¡Sí!

Luego de escuchar y validar lo que le pasaba pude tomar conciencia del impacto que generó en ella mi acción y también entrar en conexión conmigo misma y entender qué me pasó en ese momento.

Yo: Lo siento, creo que también me hubiera gustado ser más flexible en ese momento, me hubiera gustado poder darme cuenta de todo esto en ese momento. Lo que me pasó fue que me empecé a sentir muy incómoda allá, los vecinos estaban conversando algo íntimo y yo no quería participar ni interrumpirlos. También estoy cansada y tenía muchas ganas de estar calientita aquí en la casa. Y después me empecé a sentir muy inquieta y nerviosa con los gritos y con que nos demoráramos mucho en salir de allá. Lo siento tanto.

Nos dimos un abrazo.

En eso llegó la Julia, que en todo este proceso se sentó a comer sola y venía cada cierto rato a intentar ayudarme contándole cosas a su hermana para sacarla de la rabia.

Julia: María, están súper ricas las papas doradas, como a ti te gustan.

María: ¡Tengo hambre!

Vamos a comer. Mientras comíamos la María se volvió a enojar gatillada por algo que hizo la Julia y empezó a tirar los cojines al suelo. Rápidamente la Julia se retractó y le empezó a hablar de otra cosa y seguimos comiendo. Luego leímos todos los cuentos que quisieron y se durmieron tranquilas en mi cama.

Cuando se durmieron repasé todo lo que había pasado, noté mi cansancio y también mi alegría. Celebré que logré acompañar el proceso completo de la María, en calma, notando lo que me iba pasando, pudiendo expresarlo, pudiendo esperar sus tiempos para intervenir y también celebré por cómo esta manera de criar se ve en lo paciente, colaboradora y compasiva que fue la Julia, tanto conmigo como con su hermana.

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